Mujeres centroamericanas en España: migrar para seguir cuidando

Salieron de Guatemala y Nicaragua con una maleta, una deuda y la promesa de que el sacrificio valdría la pena. Llegaron a España a cuidar ancianos, niños y enfermos en casas ajenas, mientras dejaban atrás a sus propios hijos, madres y familias. No dejaron de cuidar: cambiaron el modo de hacerlo.
Ese es el retrato que construyen Ana Lucía Hernández Cordero y Ana Cristina Romea en su investigación Migrar y seguir cuidando: experiencias de mujeres migrantes de Nicaragua y Guatemala, publicada en 2019 en la Revista Nicaragüense de Antropología. Durante siete años —entre 2009 y 2016— las investigadoras entrevistaron en profundidad a 30 mujeres centroamericanas que viven en Madrid y Zaragoza, y rastrearon algo que las cifras migratorias rara vez cuentan: cómo se cuida a través de una frontera.
La crisis de cuidados que vive España desde hace décadas abrió una puerta para estas mujeres. El mercado del empleo doméstico y de atención a personas dependientes absorbió aproximadamente el 90% de las centroamericanas que llegaron al país, según datos del Instituto Nacional de Estadística de 2017. Un sector caracterizado, según las autoras, por «una aguda precariedad laboral»: jornadas sin límite, salarios bajos, y para quienes trabajan en la modalidad de internas —viviendo en la casa de sus empleadores—, una disponibilidad de tiempo casi total que las convierte, paradójicamente, en las trabajadoras ideales para un sistema que requiere que no tengan vida propia fuera de ese hogar.
Luz, una de las entrevistadas guatemaltecas, lo dice sin rodeos: «Por mis hijos, por ellos estoy aquí, son la razón de que venga, me dijeron que había trabajo y yo me vine, y es difícil, nadie, nadie sabe lo que es estar aquí, lejos de ellos, pero yo estoy aquí por ellos, para mantenerlos, porque allá es difícil encontrar trabajo y un buen trabajo uff… ¡¡imposible!! Por ellos me vine y por ello seguiré hasta que dios quiera».
Estas mujeres tienen entre 30 y 55 años, en muchos casos son las únicas proveedoras de sus hogares —familias monoparentales, familias extensas conformadas por mujeres y niños, familias donde los hombres ya no pueden trabajar— y emprenden el viaje como un proyecto personal dentro de una estrategia familiar. Lo que ganan no es para ellas: va a construir una casa, pagar un alquiler, sostener la escuela de los hijos. Ingrid, nicaragüense, lo describe con la precisión de quien administra desde lejos: «Yo sé que allá va casi todo para construir la casa. Me están poniendo el piso, yo quisiera elevar la segunda planta… También andamos planeando poner cemento y el tejado. Les voy diciendo desde acá y ellos me andan preguntando también».
El teléfono como abrazo
La separación física, concluyen las investigadoras, no rompió los lazos familiares. Los transformó. Y en esa transformación, las tecnologías de información y comunicación —el WhatsApp, el Skype, el Facebook, las videollamadas— se convirtieron en el puente cotidiano por donde circula el cuidado.
Rosa, guatemalteca, describe una rutina que muchas reconocerán: «Yo me gasto mucho en teléfono, es que a veces llamo hasta tres o cuatro veces en el día, porque necesito saber que todo va bien… que los niños ya se fueron al colegio, que ya regresaron, que comieron bien… ¡que tienen para comer, todo, todo!» Sus jefes, cuenta, decidieron regalarle un ordenador portátil y pagarle el internet para que le saliera más barato estar pendiente de sus hijos.
No todas llegaron sabiendo manejar un smartphone. Valeria, nicaragüense, lo admite con franqueza: «Que yo no sabía nada de móviles y a la fuerza aprendí, era eso o nada.» Hoy su perfil de Facebook está lleno de fotos de su hija, comentarios, likes. Una presencia virtual construida con esfuerzo que intenta reemplazar la física.
Este cuidado a distancia no fluye en una sola dirección. Las familias que quedaron en origen también cuidan a quien se fue. Cristina, nicaragüense, lo reconoce: «Con mi madre intento llamar todos los días un minuto porque me siento sola aquí y la echo de menos. Y se preocupa por mí mucho». Marta, guatemalteca, cuenta que sus hijos la llamaban con más frecuencia cuando se quedó sola en la casa donde trabajaba como interna: «Mis hijos siempre están preocupados por mí, están atentos a lo que me pasa aquí… yo les decía que estaba bien, pero ellos insistían, yo creo que mucho no me creían».
Lo que documenta la investigación es que estas mujeres no abandonaron su rol de cuidadoras al emigrar: lo extendieron, lo reinventaron y lo sostuvieron con remesas, llamadas, emojis y regalos enviados desde lejos. Cuidan en destino para poder cuidar en origen. Y en ese doble esfuerzo —invisible para las estadísticas laborales, invisible para las políticas migratorias— se sostiene algo que ningún sistema de bienestar ha querido nombrar del todo: que el cuidado no tiene fronteras, aunque quienes lo ejercen sí las tienen que cruzar.


