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Indígenas nicaragüenses conmemoran con luto 39 años de la Ley de Autonomía

Lideresas y defensores exiliados en Costa Rica denuncian que la violencia armada y las concesiones extractivistas expulsan a comunidades enteras. Un estudio de CETCAM documenta las violencias que enfrentan las mujeres indígenas desplazadas.

Decenas de familias miskitas, mayangnas y afrodescendientes que tuvieron que huir de Nicaragua se reunieron en Costa Rica para conmemorar los 39 años de la Ley de Autonomía, aprobada el 30 de octubre de 1987 tras años de conflicto armado y resistencia comunitaria.

Para ellas y ellos, la fecha no es motivo de celebración. «Para nosotros no es una conmemoración alegre. Es luto, dolor y tristeza ante una vida que no merecemos, pero aquí estamos luchando día a día», dijo la lideresa comunitaria Loida Castellón (Taupla Loida) al inaugurar el encuentro, que las familias llamaron «la autonomía que nunca fue».

«Miles de familias están fuera de Nicaragua porque ya no hay condiciones de vivir; tienen miedo de vivir en las comunidades, miedo de expresarse», alertó Lusvin Taylor, representante del pueblo mayangna en el exilio.

Según las denuncias expuestas en la jornada, el éxodo no responde a una migración económica voluntaria, sino a un desplazamiento forzado. Los participantes señalaron que en la Costa Caribe hay una colusión entre el Estado y grupos armados de colonos que arrebatan tierras comunales.

«Todo el que intenta resistir o va a la cárcel o bien es asesinado», afirmó Taylor.

Angel Sequeira, de Fundación del Río, explicó que el mecanismo de monitoreo identifica a los liderazgos indígenas, religiosos y comunitarios como el principal grupo perseguido. «La mayor cantidad de presos políticos como colectivo son personas indígenas y afrodescendientes», dijo. Al menos una veintena continúa detenida sin garantías procesales, según su exposición.

Mujeres indígenas: violencias que se acumulan

La investigación de CETCAM y CISAS, «Mujeres indígenas nicaragüenses desplazadas en Costa Rica: lo que sienten, lo que piensan y lo que han vivido», mapea su situación socioeconómica, sus condiciones de vida y las violencias que enfrentan. El estudio identifica cuatro barreras:

  • Idioma y exclusión institucional: muchas mujeres miskitas y mayangnas, cuya lengua materna no es el castellano, enfrentan trabas para solicitar refugio, acceder a intérpretes en salud y exigir sus derechos laborales.
  • Empleo precario: trabajan sobre todo en labores domésticas, agrícolas o de cuidados sin regulación, con salarios por debajo del mínimo y sin seguro médico.
  • Violencias que persisten: arrastran la violencia sexual y las amenazas vividas en sus territorios, que continúan en el exilio como discriminación étnico-racial, xenofobia y violencia intrafamiliar agravada por la precariedad de vivienda.
  • Pérdida de la salud ancestral: el sistema sanitario suele desconocer y estigmatizar la medicina comunitaria y el acompañamiento de parteras tradicionales.

El duelo, además, sigue abierto. El líder miskito Brooklyn Rivera, su máximo referente histórico, falleció bajo custodia estatal tras permanecer en desaparición forzada y arresto arbitrario, según las denuncias.

«Dio su vida por su pueblo y su madre tierra, y ni siquiera tenemos una tumba a donde ir a llorar», lamentó Castellón.

Su hija, Tininisca Rivera, recordó que el exilio ya había alcanzado a su padre en los años ochenta, cuando huyó a Honduras y Costa Rica.

«Agradezco este evento para que las próximas generaciones no olviden la historia ni la lucha de los pueblos indígenas», dijo.

Entre cantos en miskito y danzas como el pulaya, los asistentes reafirmaron que su identidad sobrevive en la transmisión entre generaciones.

«Aunque estemos lejos físicamente, nuestros corazones siguen latiendo en el Caribe y en la Mosquitia», concluyó Castellón.

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