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Nicaragüense en EE.UU. retorna por miedo a separarse de su hijo

Fatima (nombre protegido), solicitante de asilo originaria de Nicaragua que vivía en Spokane, Washington, decidió regresar a su país hace seis meses tras temer una posible detención y la separación familiar mientras desarrollaba su caso migratorio.

Su pareja fue detenida en Estados Unidos hace más de un año, experiencia que alimentó el miedo de que la misma situación pudiera ocurrirle a ella y dejar sola a su hijo menor de edad. Aunque reconoce la gratitud de reunirse con familiares en Nicaragua, admitió que la situación económica sigue siendo precaria para quienes tienen niños pequeños.

“Por un lado siento gracias a Dios porque me dio la oportunidad de volver y estar con mi familia, pero por otro me siento triste porque la economía aquí no es gran cosa, y es peor si tienes niños”, explicó en entrevista. La identidad completa de Fatima se mantiene confidencial tanto en medios estadounidenses como por organismos defensores, pues teme por su seguridad ante la persecución religiosa vigente en Nicaragua.

El gobierno estadounidense ha intensificado en los últimos años las operaciones de detención contra población migrante centroamericana, incluso aquellas con solicitudes de asilo pendientes. Esto genera un fenómeno llamado “self-deportation” o repatriación voluntaria anticipada, donde personas deciden abandonar el país antes de conocer el fallo de sus casos migratorios por miedo a enfrentar procesos judiciales.

Persecución religiosa como motivador de retorno

La decisión de Fatima no responde solo al riesgo legal en territorio norteamericano. Según documentos consulares y testimonios recolectados por organizaciones de defensa, la dictadura de Daniel Ortega ha endurecido su represión contra libertades religiosas en Nicaragua, especialmente desde 2021 cuando cerró docenas de iglesias cristianas bajo acusaciones falsas de financiamiento del exterior.

“Continúo viviendo con miedo al acoso del gobierno nicaragüense contra libertad religiosa y cualquier persona que hable contra el presidente. Pero sentí que regresar era mejor opción”, manifestó la mujer, quien ahora enfrenta el desafío de reconstruir su vida en un país donde la actividad política disidente puede significar prisión o desaparición forzada.

Según datos de grupos de derechos humanos, al menos 46 personas continúan como presas políticas en Nicaragua, siete de ellas en condición de desaparición forzada. Desde 2018, nueve ciudadanos han fallecido bajo custodia estatal, cifra documentada por el Grupo Permanente de Derechos Humanos que califica estas prácticas como “crímenes de lesa humanidad”.

La complejidad de esta historia expone cómo las decisiones migratorias rara vez responden únicamente a factores económicos. En muchos casos, el cálculo emocional entre protección familiar, posibilidad jurídica y condiciones de origen determina si alguien permanece en suelo extranjero o regresa aunque siga enfrentando riesgos en su país natal.

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