Tenían menos de 32 años cuando Nicaragua se incendió en abril de 2018. Salieron a las calles, enfrentaron la represión del gobierno de Daniel Ortega y muchas tuvieron que abandonar su país. Pero no desaparecieron. Siete años después, desde Costa Rica, España, Estados Unidos y Noruega —y también desde dentro de Nicaragua— siguen construyendo política. Las llaman las “Muchachas del 18”, y un nuevo informe académico les pone nombre, voz y análisis.
El Centro de Estudios Transdisciplinarios de Centroamérica (CETCAM) publicó Hijas del quiebre, forjadas para resistir, investigación a cargo de Elisa Maturana, investigadora asociada a CETCAM, basada en catorce entrevistas en profundidad que documenta las trayectorias y estrategias de esta generación. No es solo un informe sobre activismo: es un ejercicio de memoria sobre mujeres jóvenes que decidieron que el exilio no sería el fin de su participación política, sino una nueva forma de ejercerla.
Maturana identifica a estas activistas como una cohorte generacional que transformó la persecución, el clandestinaje y el destierro en plataformas de reorganización y acción colectiva. Lejos de desmovilizarse, reconfiguraron sus métodos: adoptaron el ciberactivismo, construyeron redes transnacionales y mantuvieron sus vínculos con Nicaragua sin necesidad de estar físicamente en el país.
La investigadora espera que el trabajo se convierta en “una pieza de memoria sobre una generación de mujeres jóvenes, dentro y fuera de Nicaragua, que siguen activas en la búsqueda de nuevas formas de participación”.
Sanar también es resistir: el cuidado como práctica política
Uno de los hallazgos más llamativos del informe es la ruptura deliberada que estas activistas proponen con la cultura del sacrificio que marcó a generaciones anteriores de militancia latinoamericana. Para las Muchachas del 18, atender la salud emocional no es una debilidad ni una distracción: es una condición política.
“Comenzamos poniendo la sanación como una apuesta política, por un tema de sobrevivencia”, afirmó una de las entrevistadas. La frase condensa algo que Maturana desarrolla con detalle: esta generación normalizó el dolor, el duelo y el bienestar emocional como elementos necesarios para sostener el activismo en el tiempo. No como algo privado e individual, sino como práctica colectiva.
Este giro no es casual. Muchas de estas mujeres vivieron la represión de forma directa, sufrieron desplazamiento forzado y tuvieron que reconstruir sus vidas en países de destino mientras seguían activas políticamente. El autocuidado, en ese contexto, se convierte en acto de resistencia.
El segundo rasgo que Maturana identifica es la apuesta por estructuras horizontales y anti-autoritarias. El informe registra una crítica sistemática al adultocentrismo y al liderazgo personalista, incluido el que encontraron dentro de organizaciones afines a sus propios principios. “Creemos en nuevas formas de hacer política desde la horizontalidad”, dijo una participante integrante de una colectiva feminista creada en el exilio. Varias de las entrevistadas señalaron haber abandonado organizaciones precisamente por encontrar en ellas las mismas lógicas de poder que cuestionaban al régimen.
La tercera marca generacional es un feminismo plural e interseccional, con tensiones internas que la investigadora no oculta sino que celebra como señal de apertura. Una activista indígena habló de la necesidad de “sostener un feminismo con una percepción indígena, desde la memoria, desde lo descolonial”. Una participante transgénero señaló que ciertos espacios feministas “también nos han dejado afuera”. Para Maturana, estas fricciones no indican fractura: indican un movimiento en construcción, más permeable a la diversidad de cuerpos, territorios e identidades.
El informe también documenta el uso de herramientas que estas activistas han convertido en estrategia: la comunicación digital, la memoria como forma de resistencia, la formación profesional como acto político y el artivismo —la integración del arte en la acción colectiva— son algunos de los recursos que esta generación desarrolló entre 2018 y 2025.
Sobre el futuro de Nicaragua, las voces recogidas por Maturana van más allá de pedir un cambio de gobierno. “La democracia no es únicamente un sistema político; es también una cultura de derechos y participación”, planteó una de las entrevistadas. Otra fue más directa: “Sin nosotras no puede haber una transición”.
La investigadora concluye que las Muchachas del 18 están redefiniendo los límites y las formas de la participación política en Nicaragua, con aportes relevantes para comprender las dinámicas contemporáneas de resistencia en toda Centroamérica.


